La guerra me había obligado a plantearme preguntas que habitualmente no interesan a los niños: ¿Por qué han hecho desaparecer a mis padres? ¿Por qué han querido matarme? Quizás he cometido un crimen, pero no sé cuál. Como niño enfrentado a tales condiciones, creí que la psiquiatría, ciencia del alma, podría explicar la locura del nazismo y la incoherencia de gente que me querían con sufrimiento. La necesidad de tornar coherente este caos afectivo, social e intelectual, me hizo psiquiatra, por completo, desde mi infancia.