Escribir cartas, por muy insulsas que fueran, fue un hábito que agarré cuando estudiaba la licenciatura y anduve de vagancia por Norteamérica y otras partes. En aquel entonces, a mediados de los años sesenta, lo hacía a mano y las mandaba por correo ordinario a casa. De aquéllas no quedan rastros, no tenía la paciencia para hacer copias.