Las nuevas tecnologías han modificado las relaciones entre los reporteros y sus empresas. Otrora, el enviado de un periódico, agencia o cadena de televisión, disponía de cierto margen y podía dar libre curso a su iniciativa. Buscaba la información, la descubría, la verificaba, la seleccionaba y le daba forma según su talento y el tiempo disponible. En nuestros días, cada vez más a menudo, no es más que «un simple peón» que se desplaza a través del mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en los antípodas. Por su parte, los directivos tienen al alcance de su mano informaciones procedentes de infinidad de fuentes (imágenes o sonidos en directo, despachos, Internet) y pueden, de esta manera, «tener su propia visión de los hechos», eventualmente distinta de la del reportero que cubre un acontecimiento en el lugar del conflicto.