La avaricia no es un pecado menos ni afecto sólo al avaro como se cree comúnmente. El afán excesivo de atesoramiento, que en múltiples experiencias humanas se acompaña de tacañería, codicia y mezquindad, provoca una merca radical de la empatía humana y un aspecto desmesurado por los objetos y la riqueza, tal y como lo patentiza el capitalismo voraz de nuestros días.