El libro comienza con el relato que escribió camino de martirio Pedro Bautista, uno de los veintiséis cristianos crucificados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Su sangre, vertida por amor a Jesucristo, fue –como decía Tertuliano-, junto con la sangre de los numerosos cristianos japoneses que dieron su vida por Dios durante esa primera evangelización, semillas de cristianos al cabo de los siglos. El desarrollo actual de la Iglesia en Japón no se entiende sin su entrega plena y generosa.