nttttt Pocas veces se dio la ocasión de un acercamiento tan directo a las tinieblas como durante el juicio al gran maestro del exterminio nazi, Adolf Eichmann, uno de los u00abingenierosu00bb de la Segunda Guerra Mundial. Cientos de periodistas de todo el mundo siguieron el juicio en directo; entre ellos, la filósofa Hannah Arendt. A su lado se sentó un prometedor escritor holandés, Harry Mulisch. Todavía joven, encarnaba la desgarradora complejidad de la época: hijo de austriaco y de judía holandesa u2014u00abmedio judíou00bb, para los nazisu2014, se libró de la deportación porque su padre colaboró con los ocupantes alemanes. A Mulisch no solo le interesa lo que hizo Eichmann, sino quién era ese hombre de apariencia anodina, qué nos decía a nosotros, sus contemporáneos, y qué anunciaba de la deriva moral de nuestro propio tiempo. Mulisch escarba en una realidad psicológica y social que nos resulta inquietante, por no decir pavorosa: traza una crónica apasionante y detallada del juicio y ofrece un retrato hablado del mal, o mejor aun, el retrato de un robot, del u00abhombre-máquina u00bb que se engarza con la limpieza de las ruedas dentadas de la obediencia ciega en la maquinaria del horror.nu00abMulisch se muestra absorto por el enigma que le suscita la maldad. No por eldolor que haya causado ni por la repugnancia que le produzca encontrarse cara a cara con Eichmann, sino por la inmensa crueldad innata que habita en el universou00bb.u2014 TIMES LITERARY SUPPLEMENTnu00abUno de los grandes novelistas holandesesdel siglo xxu00bb.u2014 ANTONIO MUÑOZ MOLINAntttt