En el verano de 1928 apareció por primera vez en París una revista experimental irrepetible: Le Grand Jeu, El Gran Juego. Sus animadores eran René Daumal, Roger Gilbert-Lecomte, Roger Vailland, André Rolland de Renéville, Pierre Minet y Joseph Sima, entre otros? Y todos ellos, con una media de edad que no pasaba de los veinte años y un espíritu de rebeldía difícil de superar, pusieron en marcha una de las aventuras poéticas más fascinantes y menos conocidas del periodo de entreguerras, un verdadero «cataclismo» cuyos efectos aún hoy siguen haciéndose notar.
El principal objetivo de estos aventureros del espíritu, más allá de cualquier consideración ética o estética, era crear un espacio vital lo suficientemente amplio como para que pudiera albergar esa «sed insaciable de infinito» que padecían. Y para ello hicieron uso de herramientas tales como la experimentación poética, las drogas y las sustancias alucinógenas, los procesos de visión extrarretiniana, la ruleta rusa, los viajes astrales, la paramnesia o la materialización de los sueños, prácticas todas ellas dirigidas a crear una vida más intensa y profunda que les permitiera recuperar la unidad fundamental.