El proceso de integración iniciado después de la Segunda Guerra Mundial constituye uno de los grandes retos afrontados por los pueblos del Viejo Continente a largo de su dilatada trayectoria histórica. El objetivo que se propusieron los fundadores de las Comunidades, y que no sin dificultades se está logrando, pretende acabar con las causas que durante siglos han impedido un entendimiento fructífero entre las naciones europeas. Se trata de limitar las diferencias políticas y económicas para crear el patrimonio de una nueva Europa a partir de la diversidad de sus costumbres y de sus tradiciones culturales, intelectuales y religiosas.