Dice la bióloga Lynn Margulis que los humanos somos chimpancés que hablan. El lenguaje articulado supuso un avance tecnológico equiparable a la talla de piedra o a la manipulación del fuego. Desde el momento en que el hombre fue capaz de plasmar su pensamiento sobre soporte material, nos imaginamos pasando del gruñido a la palabra sin más transición que un correcto control de qué efecto tenía cierta vinculación signo-objeto sobre los demás. Al principio serían sucesiones de convenciones asintácticas; un lenguaje rudimentario similar al infantil, plagado de símbolos y sin reglas, dominaría nuestra expresión, acaso trufada de gritos, muecas y gestos espontáneos. Esta sería inicialmente la materia prima de lo que hoy es cada idioma, con mayor fijación y aristocracia, pero, en el fondo, diccionario y reglas combinatorias.