Imogen Gresham tiene treinta y siete años: es guapa, diligente, sensible a la naturaleza y está consagrada al bienestar de su exigente marido. Él, un prestigioso abogado quince años mayor, vive acostumbrado a la admiración, detesta lo inútil y espera de su mujer poco más que orden doméstico. Viven en una gran casa en Berkshire con su hijo de once años, que la describe con crudeza: «No hace nada, solo sufre».
Ese sufrimiento se intensifica con la irrupción de Blanche Silcox, vecina soltera, rica y figura central de la comunidad: una mujer de modales bruscos, carácter autoritario y presencia invasiva. Imogen contempla con horror cómo Blanche ofrece a su marido todo aquello que ella cree no poder darle. Cada indicio de esta relación la hiere, erosionando su autoestima y borrando la personalidad que ya apenas recuerda.
La tortuga y la liebre (1954), una de las novelas más reconocidas de Elizabeth Jenkins, es un retrato incisivo de ciertas virtudes ambiguas atribuidas a la mujer británica —la contención, la abnegación, el «aguante»— y, al mismo tiempo, un análisis sutil y devastador de las estructuras emocionales que sostienen —y destruyen— un matrimonio convencional.