Las cruzadas fueron una serie de campañas militares hechas a petición del Papado, y que tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII, contra los turcos selyúcidas y sarracenos (llamados así los musulmanes) para la conquista de Tierra Santa. Básicamente, fueron motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del Papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente, aunque se declararan con objeto de recuperar Tierra Santa para los peregrinos, de los cuales los turcos selyúcidas abusaban sin piedad. Las cruzadas fueron expediciones emprendidas en cumplimiento de un solemne voto, para liberar los Lugares Santos de la dominación mahometana. El origen de la palabra se remonta a la cruz hecha de tela y usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esas iniciativas. Las guerras emprendidas por los españoles contra los moros constituyeron una cruzada incesante. Después de pronunciar un voto solemne, cada guerrero recibía una cruz de las manos del Papa o de su legado, y era desde ese momento considerado como un soldado de la Iglesia. A los cruzados también se les concedían indulgencias y privilegios temporales, tales como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras, etcétera.