La idea de considerar sorda a cualquier persona que no entienda lo que se dice parece ser un fenómeno universal. Que esta persona sea extranjera y que esté luchando con la lengua (y no con el volumen de lo dicho) no le importa al nativo. La reacción de éste es, casi siempre, de gritar y quizás de pronunciar las palabras un poco más claramente. Al nativo no se le suele ocurrir que tal vez está usando palabras o construcciones desconocidas y que el pobre oyente podría entender si él cambiara una palabra u otra.