Aunque el libro abarca un amplio espectro de cuestiones, el lector advertirá que hay unos cuantos temas importantes transversales a todas ellas. Uno es que los seres humanos somos realmente únicos y especiales, no "sólo" otra especie de primate. Aún me sorprende un poco que haya que defender tanto esta postura, y no sólo contra los delirios de los antievolucionistas, sino también contra un número considerable de colegas míos que por lo visto se sienten cómodos al afirmar que somos "sólo monos" en un tono despreocupado y displicente que parece deleitarse en nuestra modestia. ¿Será la versión del pecado original de los humanistas seculares?, me pregunto a veces. Otro hilo conductor es una perspectiva evolutiva generalizada. Es imposible entender cómo funciona el cerebro sin entender también cómo evolucionó. Como decía el gran biólogo Theodosius Dobzhansky, "en biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución". Esto está en marcado contraste con la mayor parte de los demás problemas de ingeniería invertida. Por ejemplo, cuando el gran matemático inglés Alan Turing descifró el código de la máquina Enigma de los nazis -un dispositivo utilizado para cifrar mensajes secretos-, no necesitaba saber nada sobre la historia de la investigación y del desarrollo del dispositivo. No tenía por qué saber nada sobre los prototipos y los modelos anteriores. Sólo le hacía falta una muestra operativa de la máquina, una libreta y su brillante cerebro. Sin embargo, en los sistemas biológicos existe una profunda unidad entre la estructura, la función y el origen. No es posible avanzar mucho en el conocimiento de uno de esos aspectos a menos que prestemos asimismo gran atención a los otros dos. El lector me verá defendiendo que muchas de nuestras excepcionales características mentales parecen haber evolucionado mediante el novedoso despliegue de estructuras cerebrales que al principio se desarrollaron por otras razones.