Tumulto en la redacción del periódico: dicen por ahí que el gobierno ruso está construyendo una muralla para aislar el Cáucaso del resto de la Federación. La montaña festiva es, claro una novela realista, aunque tenga una premisa distópica. Aquí hay disturbios, protestas y asambleas organizadas por grupos religiosos y étnicos para hacer frente a la crisis, hay solidaridad y hermandad, hay armas y extremistas. Fácilmente reconocible, en el fondo, está la política movediza de la antigua Unión Soviética, con sus muertos y sus desapariciones. Shamil, sin embargo, se mantiene impasible. Incluso cuando Madina, su prometida, se pone el velo y marcha con los salafistas de las montañas. Porque todo esto pasa en el exótico y montañoso Daguestán, lugar del que el lector podría no haber oído hablar, si bien la cosa va de un joven que intenta darle sentido al absurdo, sobrevivir, cuidar a sus amigos y enamorarse, como hace la gente en todas partes. Y allí otro de los motivos por los que la primera novela de Alisa Ganíeva (1985) es un tour de force: La montaña festiva no solo cuenta la historia de una catástrofe inminente, sino que acaba siendo, a su manera literaria, interrogativa, un tratado sobre los límites de lo que se dice por ahí, lo que dice la prensa y lo que nadie dice.