Cuando expuse por primera vez el tema de este libro a mis amigos, me respondieron que yo vivía en las nubes y que, en todo caso, ellos nunca habían sentido dificultades para sentir amor por sus hijos. Supe entonces que me enfrentaba a un tabú social, que al poner en entredicho el amor de los padres a los hijos había de ensayar una nueva justificación de algo que, por normal y cotidiano, no llama la atención de nadie.
Y es precisamente esa justificación la que intento aquí, un esfuerzo por demostrar la viabilidad de ese amor que empiezo poniendo en duda, y que luego, con el apoyo de las teorías de Bettelheim, Winnicott y Erickson, autoriza a pensar como posible el porvenir del matrimonio monogámico. Un nuevo horizonte pedagógico se abre a la pareja tradicional: enseñar a amar a los hijos mientras aprenden ellos mismos a amarlos.
Veo en esa actividad, en esa tarea inmensa, una pedagogía singular, única que nos ayuda -a mi y a mi hijo- a construir el lugar común de nuestros proyectos y nuestros sueños. G.S.rn