Ya sea desde la perspectiva del turista de crucero -que prueba aquí y allá los sabores de decenas de puertos e islas cuyos nombres sólo llega a recordar con la ayuda de algún souvenir-, o desde a del viejo más intrépido -aquel ocupado hasta la neurosis en hacer de su travesía una experiencia real - el viaje es un torrente de lugares comunes que se subrayan y de ilusiones que se rompen. También de expectativas que jamás se cumplen y de sorpresas en forma de enigmas sobre las cuales muchos preferirían no haber preguntado.