Hoy por hoy, decir que las ideologías que fundamentaban el compromiso individual y las luchas colectivas por la emancipación se ha derrumbado, resulta una constatación trivial. El conformismo realista reemplazó al mito del progreso. Es cierto que la lógica determinista que lo fundamentaba se ha quebrado definitivamente. ¿Cómo salir de este círculo vicioso y desesperante sin producir nuevas ilusiones? ¿Cómo construir una filosofía y una praxis de la libertad, desvinculada de la idea del progreso? Estas son difíciles preguntas que encara el psicoanalista y el filósofo Miguel Benasayag, prosiguiendo el trabajo de reflexión crítica comprometido en sus obras precedentes: Utopía de la libertad (1986) y, con Edith Charltol, Crítica de la felicidad (1989) y Esta dulce certidumbre de lo peor (1991) (las dos últimas publicadas por Ediciones Nueva Visión en 1992 y 1993). Para responder a las mismas, Miguel Benasayag analiza las dos grandes rupturas históricas que señalan, a sus ojos, la evolución de la idea de libertad. La primera es la ruptura nominalista que, a partir del siglo XII, estableció las bases del mito del progreso y de la modernidad a través del cual el hombre se constituyó en sujeto capaz de observar al universo como un objeto, e hizo del conocimiento el medio para la emancipación; la segunda es la gran crisis de 1900 que marca el derrumbe de esas categorías modernas y el origen de la crisis actual de los valores: el pensamiento determinista es entonces triplemente cuestionable por el descubrimiento Freudiano del inconsciente, por la física cuántica y por la irrupción de lo indecidible en matemáticas.Al terminar este recorrido histórico y filosófico, el autor explora las pistas de una nueva racionalidad, liberada de toda teleología. Puesto que no puede hacer la Historia los hombres deben pensar qué es lo que pueden hacer en la Historia. En una palabra: ¡pensar la libertad!.