Algunos antiguos sultanatos, como Quiloa o Lamu, se hallaban ocultos en el laberinto de los manglares que les habían mantenido a salvo de las incursiones de tribus belicosas; otros, como Zanzíbar o la propia Socotra, estaban lo suficientemente alejados del continente para evitar los ataques. Durante siglos, los navegantes árabes acudían cada año con el monzón de invierno en busca de esclavos, pieles de animales salvajes, maderas preciosas, conchas de tortuga, ámbar gris y oro. Aquel comercio generó grandes beneficios y el esplendor de los sultanatos del África oriental llegó a ser tal que Ibn Batuta, en su relato de viaje o Rihla, se hizo eco de su prosperidad al igual que, siglos después, lo haría John Milton en su Paraíso perdido.