Estamos en una época en la cual se han sobrevalorado los aspectos técnicos, las posesiones, el placer, el frenesí por la actividad y la producción. Somos juzgados y tenidos en cuenta fundamentalmente por aspectos periféricos: tener dinero, ser rumbero, status social..., y se descuidan aquéllos más íntimos, como los principios, la actitud ante la vida, las virtudes personales, el sentido de pertenencia, etc.... Por infortunio, esto se observa algunas veces desde el ingreso al colegio: el niño empieza a sentirse valorado y aceptado sólo en cuanto logre unos determinados niveles. Esto conlleva un vacío profundo, que sólo puede ser llenado en la familia. En efecto, allí interesa todo lo nuestro, porque importamos nosotros. Un niño motivado positivamente, a quien se le ayuda a aprender por descubrimiento, con alegría, y también con orden, dará resultados inesperados, muchas veces más allá de lo previsible.